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lunes, 4 de marzo de 2013







La ilusión

… y con las cosas vinieron también los recuerdos; uno de ellos, un ajedrez muy especial que compre a un “pueblo” africano en la Exposición de 1992.

Sentía una gran ilusión. Soy del parecer que a cierta altura de la vida, toda ilusión por algo, no solo es hermoso sino necesario para una modesta supervivencia. El paso de las horas, días, … años,  de forma plana, con una rutina negativa destructiva, debe acabar con el cerebro mejor amueblado.

Leía hace muy poco, lo que no recuerdo es en que medio, en que “soporte” como se dice ahora, que “sería bueno vivir rodeado de cosas que te agraden”.  Y lo creo así. Cosas inertes que acaban teniendo vida  por los recuerdos que arrastran consigo.

En este caso mi larga ilusión ha sido ver reunidos los trabajos, -dibujos, pinturas, fotografías- los medios que he utilizado como lápices, tintas, acuarelas, temperas, acrílicos… cosas, fetiches, que he ido acumulando y me han acompañado durante más de media vida… la música representada en la guitarra, en un pequeño acordeón, en una pequeña colección de flautas artesanales de países sudamericanos, instrumentos sonoros de arcilla… que hasta entonces habían estado dispersos, guardados, dormidos…  en un espacio propio donde acogerlos, de disponer de una zona de trabajo… de un rincón propio y que, por fin se materializaba se hacía realidad.

Me llevó unos días organizar mi mini-mudanza porque no podía evitar que tras las cosas, los cacharros, los avíos de dibujar o pintar o fotografiar viniesen sus historias… recuerdos olvidados en la memoria y que renacían al tenerlos cerca de nuevo, al acariciarlos, recuerdos agradables en muchos casos, de tristeza en otros y que de alguna manera me iba inundando de melancolía, de una dulce melancolía. Papeles que se han ido acumulando, escritos de momentos vividos, pensamientos, carpetas llenas de proyectos y propósitos… objetos que me han acompañado siempre, sin más valor que el del sentimiento… una mini-mudanza que ha traído consigo el ver de nuevo, como en una película, -un video como se dice ahora-, vivencias, quereres, deseos, ilusiones… todos por fin en un solo rincón; en mi rincón.

El ajedrez especial a que hacía referencia me llevó al agradable recuerdo del momento de la compra. Fue en un pabellón de un país africano, cuyo nombre no consigo recordar pero que seguro que debía ser muy pequeño porque de pabellón tenia bien poco. Me atendió una mujer joven de tez muy oscura, con una elegancia natural tanto en sus movimientos como en su ropaje… sentada en el suelo, rodeada de productos artesanales, envueltos en papeles de periódicos; entre ellos descubrí piezas de lo que se suponía era una ajedrez, dispersas, mezcladas, sin  orden alguno... y me senté junto a ella. Poco a poco, pieza a pieza, con el visto bueno, con el consentimiento de unos ojos hermosos, que lo eran aun más, con el fondo de azabache de su piel, fui componiendo lo que sería un ajedrez. Y al final el tablero del mismo material.  Las piezas representaban, representan, son, símbolos de su pueblo: las torres semejan ser  las cabañas de sus poblados, el elefante juega el papel del caballo, los peones los guerreros… el rey y la reina los jefes de la tribu. Están hechos de un material delicado tallado artesanalmente y de una estética no conocida hasta entonces. Hoy lo tengo cerca y disfruto de su compañía.

Termine la mayor parte de la mini-mudanza, o el traslado, pero lo que no sabía era que además de la ilusión que ello me suponía, vendrían esos recuerdos olvidados, dejados en un cajón o simplemente dormidos y que, en cierto modo, me hablaban de la medida del tiempo. ¡Cuánto tiempo ha pasado! , me decía, cuando veías renacer la alegría que te produjo un amigo o una amiga, a los que no habías vuelto a ver, o el tiempo feliz de la infancia de tus hijos.

Todo esto me trae el recuerdo en una seguidora de mi blog, lejana en el espacio pero muy cerca en sus comentarios, que siempre me animaba a que trajese recuerdos vividos a este otro rincón, en este caso rincón del alma; y en muchas ocasiones, le hago caso.

Hay que hacer una mudanza cada cierto tiempo, para que los recuerdos no acaben muriéndose. Viene bien.

martes, 29 de enero de 2013

El Cuentacuentos y la Ternura





No lo puedo remediar, pero me encanta convertirme, de vez en cuando, no siempre las circunstancias son propicias, en un "cuentacuentos". Un "cuentacuentos interactivo", utilizando la terminología del momento. Un "cuentacuentos" torpe, que no sabe si la Princesa vive en el Castillo o en una cabaña del bosque,  olvidadizo, que  de pronto no recuerda por dónde va la historia y tienen que recordárselo, ... tanto, tan raro resulta el "cuentacuentos" que, los que lo escuchan, no tienen mas remedio, en muchas ocasiones, que intervenir en el cuento... para que este continúe y vaya tomando cuerpo de verdadero cuento.

.- ¡Cuentacuentos!, te falta la mariposa, la mariposa de colorines.

.- ¡Cuentacuentos!... ¿Un camello en un bosque con Castillo?

... Y así, poco a poco, tropiezo tras tropiezo, el "Cuentacuentos" va creando, "naciendo", un nuevo cuento, bueno, vamos creando un nuevo cuento, que todo hay que decirlo.

.- ¡Que así no era abuelo! La Princesa era rubia con unas trenzas muy largas y no con el pelo rojo de puntas y unas pinzas de colores,  y tenía corona de Princesa.

 Y así, equivocándose una y otra vez, hay que tener en cuenta que el "Cuentacuentos" es torpe con ganas, la destinataria sin querer, con gestos de perdonarle la vida al "Cuentacuentos",  va ayudándole a desarrollar el cuento.

Claro que, a veces, al "Cuentacuentos", por sus torpezas y olvidos, le llueven algunas consecuencias.

.- Abuelo, tu eres un poco parlanchín. (Lo dice una "escuchacuentos de 4 años)

.- ¿Tu has oído lo que me ha dicho? Le digo a otra escuchacuentos de 7.

.- Es que parlanchín, para ella, quiere decir que tu dices cosas interesantes.

.- ¡Ah!

Hace años, bastantes, estando en casa de unos amigos, de esos que solemos decir de toda la vida, y no se porque, hablábamos del paso del tiempo en el matrimonio, en la pareja; nos vemos de tarde en tarde. Y me aventure a opinar, a decir lo que pensaba sobre el tema. Lo que creía entonces, y sigo creyendo hoy, a pesar de todo lo que me ha llovido, era que entendía que en las relaciones de pareja, si esta no se ha roto antes, que ocurre con mucha más frecuencia de lo que se cree, , cuando con los años van "relajando se" las pasiones y otras lindezas, debería reconvertirse todo ello en una hermosa amistad, profunda complicidad... y  una gran ternura

A un amigo, también de los denominados de toda la vida, separado por segunda vez, -"quiero vivir tranquilo los años que me queden de vida"- le decía que su problema era que solo tenía hijos, que no conocía el mundo de los nietos, el mundo de la ternura; suficiente para hacer todos los sacrificios del mundo y quedarse, renunciando a los deseos que decía antes, de amistad, complicidad y ... todo eso.

La ternura de los nietos.

El mundo de los niños es un mundo de ternura, por ellos y para uno mismo, y si consigues entrar en él, "vivirlo", compartirlo, puede compensarte de otras sensaciones casi olvidadas.

A quien el "Cuentacuentos", aquella tarde, le narraba, le creaba y le contaba un cuento, jugaba, al parecer muy concentrada, con sus cosas, con total indiferencia a lo que el "Cuentacuentos" iba contando, sin que, aparentemente, existiera la mas mínima posibilidad,   de que el "Cuentacuentos" fuera a tener el menor éxito. Sin embargo... sin levantar la cabeza, sin mirarle siquiera le dijo:

.- Falta la mariposa, abuelo.

.-Ah, es verdad, se me había olvidado.

.- ...  de colorines.

Ya, le dijo el "Cuentacuentos" mientras seguía contándole.

.- ¿Un camello en el bosque de la Princesa?.
 
.- Pues... si.
 
.- Es que los camellos no están en los bosques de las Princesas, están los caballos de los Príncipes , abuelo.

El cuento termino, bueno lo terminaron el "Cuentacuentos" y su nieta. Y fue entonces cuando levantándose de donde estaba jugando, se le acerco y le dijo: " Abuelo, tu eres un poco parlanchín" (4 años) y cuando su hermana, (7 años) al ver la cara del abuelo-Cuentacuentos, le dijo: "Para ella parlanchín quiere decir que dices cosas interesantes, abuelo."

La ternura en su estado puro, se dijo para si el "Cuentacuentos", antes de dar una cabezadita, que ya iba siendo hora.
 

 
NOTA: Cualquier parecido con la realidad no es pura coincidencia.

jueves, 24 de enero de 2013







            La muerte... y los gatos


La muerte sin previo aviso casi siempre es causa de sorpresa. Parece como si nos fuera necesario una preparación, un verla venir, una especie de antesala para algo tan natural como la muerte y ello a pesar de lo que en muy contadas ocasiones oímos, "hay que ver lo que hay que pasar para morirse". Y parece ser cierto; en el fondo ¿quien no ha deseado para si o para un ser cercano... "una cosita rápida", "un acostarse y... ya no levantarse"...?, al menos en este mundo. Y, sin embargo, la muerte siempre es causa de sorpresa.

 Es un hecho que, en general, se tenga asumido el hecho de vivir y aunque nos vaya mal, aunque tengamos "una mala vida" nos agarramos a ella con todas nuestras fuerzas... y el pensar en el momento de "irnos" lo vamos dejando, lo aparcamos y casi lo olvidamos, no se si como propia defensa. Es como si la muerte no fuera con nosotros. Por eso, para mi, el suicidio, la muerte voluntaria de un ser humano, no es natural, siempre llevara aparejada alguna deficiencia, algunas circunstancia que fuerce a dejar lo que tanto se desea.

El apego a la vida es algo natural en nosotros. Es digno, y lastimoso, de ver a personas en un clarísimo deterioro físico, como se aferra, se agarra con las pocas fuerzas que ya le quedan, a la vida; no queremos irnos. No sabemos que ocurre después de la muerte, no nos consta que haya algún tipo de vida después de esta. Las religiones nos hablan de otra vida, pero, evidentemente, sin prueba alguna, solo la fe ¿y quien no la tenga?. La ignorancia es total y, hasta ahora, nadie ha venido a contarnos que pasó. Solo en una ocasión se me ha dado la oportunidad de comprobar otra circunstancia: "Ya te darás cuenta cuando llegues a mi edad, tenia mas de 90 años, que ya nada tiene importancia." Conocía muy bien a esta persona y sabia de su pasión por el conocimiento, de su permanente curiosidad... "Yo ya no hago nada aquí; solo soy un trasto molesto", me dijo en otra ocasión, cuando le preguntaba porque no pintaba, porque no leía, porque no se interesaba... Y cuando llego el momento de irse, con una mano cogida a su hija, y otra a mi, dijo "Tengo miedo". Y se fue, nos dejo. Este caso me plantea la duda de que seria preferible ¿llegar a la muerte lúcido, con conocimiento de lo que está pasando, o sin tener conciencia de ello?. Quizás, después de esta experiencia, haya motivos para no querer acordarnos que tenemos que irnos.

Y todo esto viene a cuento por la muerte no esperada de un familiar, un muerte sin causa, al menos para los ojos profanos; solo tenía un pequeño resfriado. Su hija se la encontró muerta después de haberle llevado el desayuno. Y todo esto viene a cuento por la visita posterior al Tanatorio adonde fue llevada, como es la costumbre, para su velatorio por familiares y amigos y en donde mejor que en ningún sitio se puede comprobar toda la parafernalia que se ha montado alrededor de la muerte. El culto a la muerte contrasta con ese tremendo deseo de aferrarse a la vida, pero que se comprueba precisamente cuando en vitrinas adecuadas, se ofrecen distintos modelos de lapidas, distintos modelos de crucifijos, una variedad considerable de coronas de flores con las leyendas ya incorporadas, recipientes para conservar las cenizas, el agua bendita sobre el féretro... hasta la propia Misa... "suena" rara. Hasta la incineración, horno crematorio con su salida de humos de la combustión, con las salas de espera con revistas y bebidas... Y la entrega, una vez terminada la incineración, de una urna con los restos que han quedado... muy bien presentada, incluso con una funda.

Todo previsto. Cada personaje, como en guión conocido, cumpliendo su papel.

... ¿Y los gatos?

Cuando su hija fue a verla, dado que ni la llamaba ni se había levantado, y a retirar los avíos del desayuno, se encontró con la tremenda sorpresa de que su madre había fallecido... !! pero también su gato ¡¡. A su madre le gustaban los gatos y se llevaba bien con ellos. Tenía dos,  uno independiente, arisco, un poco o un mucho trasto, bicolor y otro, blanco, apacible, sociable... que la seguía a todas partes y que siempre estaba o a sus pies o en su regazo; el blanco es el que murió, al parecer, en el mismo momento de su dueña. ¿Explicación? ¿Causa? ¿Murió de pena al ver morir a su dueña? ¿Fue una coincidencia el hecho de las dos muertes?

Pero no acaba aquí el tema de los gatos.

En el Tanatorio, ya de noche, yo ya me había ido, pudieron observar como un gato, al parecer de bonito pelaje, y joven, pasaba resuelto por delante de los apartamentos previstos para los velatorios, desde donde incluso, me contaron, lo llamaban, pero no hizo caso a nadie, siguiendo resuelto su andadura hasta llegar a la puerta donde se velaba el cadáver de... este familiar. Entro, paso por delante de los que allí estaban, con la sorpresa de todos ellos, atravesó la estancia y se subió a un sofá que hay justo delante del cristal desde donde puede verse el difunto; se subió, se enrosco y, al parecer, se durmió. Ni que decir del silencio y las miradas de los familiares, con el caso del otro gato aun reciente. Así que dada la hora decidieron irse a descansar.

La hija no fue capaz de dormir aquella noche en su casa, haciéndolo en la de su hija.

Me lo contaron al día siguiente y aun estoy haciéndome preguntas.

domingo, 13 de enero de 2013





Suelo tomar café con él con cierta frecuencia y es un disfrute hacerlo. Es mayor que yo y, en cierto modo, viene a recordarme a esos amigos de mi infancia que tanto hicieron porque despertara al conocimiento y para los que siempre encuentro alguna razón para traerlos a mi memoria. No me lleva tantos años como aquellos, pero siento la misma curiosidad que entonces cuando me habla. Hablamos de todo, de lo divino y de lo humano y lo que más me llama la atención, además de su portentosa memoria, es su enorme curiosidad por todo, como si estuviera empezando en el la vida, pero quizás de lo que mas hablemos sea de medicina; es médico y se le nota su pasión por la medicina, tanto que ha hecho que me enamore de ella y sobre todo de su Historia, muy particularmente por los sucedidos que ha vivido. Pero ya no ejerce. "Tenias que haber estudiado medicina", me repite de vez en cuando.

Si hay algo que especialmente me atrae de él son sus recuerdos de infancia y juventud, como ya he dicho tiene una gran memoria, muchos de ellos relacionados con las costumbres y los usos que  sobre curaciones se habían ido transmitiendo de generación en generación en su pueblo. Me contaba las curaciones que le hacia su abuela y las que se hacían entre los hombres y mujeres del campo de la época. "Mi abuela me aplicaba sobre esos tremendos granos que nos salían entonces, una tira de tocino que sujetaba con una venda." "En el campo, cuando aparecía un forúnculo, aplicaban sobre el una rana abierta por el vientre que cogían en charcas conocidas. Fíjate que mas tarde se comprobó que tenían una explicación científica, ya que el barro que tenían adherido de las aguas donde vivían tenían propiedades antibiótica y antiinflamatoria." Me contaba.  Hablábamos también de las plantas, de las plantas con propiedades medicinales y precisamente la historia que me contó y con la que me quede enganchado tenia que ver con las plantas medicinales y ...  nuestra nefasta, tremenda Guerra Civil.

Al parecer vivía en el pueblo, entre otros muchos, un hombre de campo, un bracero al que además de su trabajo le gustaban las plantas; las conocía, las recogía y las clasificaba, y guardaba en su memoria todo ello; este hombre de campo no sabía leer. Al parecer mi amigo, niño, lo conocía y sabia de su afición y en un momento dado llego al acuerdo de dibujarle cada planta que el iba recogiendo,  con sus hojas y sus semillas y no se si algún dato mas, lo que hoy definiríamos como una ficha. "Yo le fui dibujando cada planta en unas hojas de papel que el guardaba como un tesoro." Como era natural con el tiempo llego a establecerse entre el hombre de campo, de inteligencia natural y el niño curioso y ya de escuela, una sincera y desprendida amistad.  Cierto día. inesperadamente y sin aviso alguno, vinieron a buscarlo un grupo de hombres del pueblo para llevarlo a la cárcel. Nadie daba crédito a lo que estaban viendo, era un hombre pacífico, sencillo, con la sencillez del hombre de campo dedicado a su familia, a su trabajo y a su afición por las plantas, no se le conocía amistades raras, ni historias de violencia, ni ideología alguna... pero estábamos en nuestra incivil Guerra Civil. No había explicación, como tantos casos de injusticia y barbarie humana que traen las guerras civiles, en la que cualquier detalle, cualquier gesto, cualquier palabra dicha sin ninguna intención, era suficiente; rencores, envidias, celos... cualquiera sabe. Más tarde dijeron que se lo habían llevado a la capital; tanto su familia como todo el pueblo supieron lo que significaba: ya no lo verían mas, lo iban a fusilar. Pasó el tiempo y su mujer se fue a vivir con sus padres y no supieron mas de él. Sin embargo un día, cuando todo estaba casi olvidado, su viuda o su mujer, observó cómo habían deslizado un papel por debajo de la puerta. Cuando lo cogió comprobó que era una de las fichas que había confeccionado su marido con el dibujo que le había hecho el niño amigo. Por detrás había mal escrito: "Estoy vivo".

Por el pueblo corrió el rumor de que se había escapado de la cárcel; pero no volvió y nunca mas se supo de él. Pero a mi amigo-niño se le quedo grabado de por vida la historia. "¿Por qué no volvería?" Me preguntaba.

miércoles, 28 de noviembre de 2012







                                                      VOLVER                            
 

Hace unos días leía a Perez-Reverte en una entrevista que le hacia un periódico  dominical, donde también escribe artículos que generalmente leo,  porque, ademas del buen hacer de la escritura siempre cuenta cosas que, al menos a mi, me enganchan, y no solo eso, sino que también me motivan. La entrevista giraba en torno a su nueva novela pero que aprovechaba para hablar, ademas de la trama de ella, de la mujer, de tiempos pasados, de lugares... y sobre esta ultima referencia decía que  " no hay que volver a los sitios donde se ha sido feliz". La estuve pensando.
 
Creo que todos tenemos la tendencia a contar, como se dice ahora, "batallitas" que no son mas que recuerdos de momentos vividos que han quedado en nuestra memoria, en algunos casos porque fuimos felices en ellos, otras porque no lo fuimos y siempre relacionados con un lugar, con un sitio, con una zona, en un pueblo o en una ciudad.. En mi caso tengo tendencia a ello porque, quizás, fueron tiempos que abrieron mi mente al conocimiento, no solo a la vida, que ya te lo da el hecho de ir creciendo, y a la felicidad... a la felicidad que sentías cuando conseguías un lápiz nuevo, o cuando, al atardecer nos reuníamos, en bandos distintos, a la batalla del día, a la felicidad que sentías cuando conseguías confeccionar una espada con una rama, de lo que colgaban los frutos, de una palmera, a la sensación irrepetible cuando conseguías besar la mejilla de una compañera... y corrías a contarlo... y ella también, a la felicidad que sentías cuando una mañana de domingo habías quedado con tu amigo del alma a cazar pájaros con red... o a coger renacuajos junto a los muros del cementerio. Y son recuerdos placenteros, no de nostalgia, como me dijo una amiga que me lee de vez en cuando, pero son recuerdos que siempre van unidos a los sitios donde tuvieron lugar y te los imaginas como eran, como fueron; los renacuajos con las charcas del cementerio, las "guerras", en los descampados que teníamos justo detrás de las casas y que casi se unían a las arenas de la playa, la caza con red en los arenales que había alrededor del campo de fútbol... el robo de besos en cualquiera de los bancos del paseo que daba al Ayuntamiento o en la Academia de Don Gonzalo, que estaba en la calle Carmen, peatonal, y que justo enfrente vivía yo.

Yo vivi durante algunos años en un pueblo y me sentía tan bien que, cuando llego la hora de irnos se me vino el mundo encima, tanto que mi madre, que me conocía como nadie hablo con una amiga para que me acogiera durante unos días hasta que me fuera haciendo a la idea. Era una familia sin hijos, el un Guardia Civil reciclado, como se dice ahora, en peluquero, ella, como era normal en aquellos años, ama de casa. La amiga, o conocida de mi madre, vivia detrás de nosotros, en la "calle de atrás",como solíamos decir, donde también tenían la peluquería de caballeros. Y así fue hasta que dejé el pueblo, y a los amigos, y a mis calles de siempre y a la Academia de Don Gonzalo y a las niñas con las que ya no era tan fácil robarles un beso... y a aquellas tertulias de banco del paseo... y como no a las visitas a Don Dionisio, en la Biblioteca del Ayuntamiento, y que ademas me dio latín en la Academia; buen elemento este Don Dionisio, era capaz de mantenerse en pie perfectamente y con una apariencia de natural sobriedad, a pesar de haberse bebido media bodega del bar de la esquina. Pero sobre todo ya no tendría a Don Sebastián, ni a Don Benito, ni a Tabuenca... ni al filosofo-prestamista... ni al cura del pueblo con el que tantas noches, con permiso de mi madre, discutíamos, el con la sotana remangada, de lo divino y de lo humano, quizás en la misma proporción.

Pero esa familia tenia una historia, la familia con la que gracias a ella, alargue un poco la despedida; una historia que corría de boca en boca por el pueblo y que de alguna manera aislaba a ella del resto. Puede que la cuente en otro momento.

No volví en muchos años, muchos, a pesar de vivir a no muchos kilómetros. Cuando lo hice todo me resultaba reducido, mas pequeño. La calle Carmen que siempre me pareció una avenida era en verdad una simple calle peatonal de cualquier pueblo, el Bar Lulu seguía allí pero ya no tenia que subirme al alféizar de sus ventanas para ver las partidas de domino. La plaza del paseo se convirtió en una pequeña plaza y las reformas y los retoques sufridos le había restado todo el encanto que tenia en mis noches de tertulia. La zona larga, extensa, de tierra de albero, donde solíamos pasear el Sr. Cura y yo, se había convertido en una gran avenida con un gran recorrido con bulevares y edificaciones y locales a ambos lados... Todo estaba ya en mi imaginación como aquellos personajes a los que tanto debo; hasta el Sr. Cura dejo de serlo. Y las zonas de las batallas y las guerras y la caza del gorrión se habían convertido en unas enormes vías de circulación y no menos grandes parques de recreo. Aquello no era el pueblo, se había convertido en un pueblo.

Perez -Reverte lleva razón en lo que dice: no hay que volver a los sitios donde se ha sido feliz.