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lunes, 30 de septiembre de 2013






     La cultura y otras cosas.

 

No le dedico mucho tiempo a observar, estudiar, ver las obras expuestas en las llamadas  exposiciones de arte contemporáneo; tengo la sensación de que me están tomando el pelo, de que es una broma. Y lo que peor llevo son las críticas de los llamados especialistas en arte, definiendo, aclarando, justificando, explicando lo que el artista quiere decir en algo que esta muy claro y que es muy probable que ni por asomo se planteara a la hora de ejecutar su obra. Alguna que otra vez mi comentario "esto es una tomadura de pelo" ha llegado al autor, desconocía que estuviera tan cerca, pero no ha entrado al trapo, no ha entrado en discusión. Para mi mala señal. ¿Ya todo es arte?. Una pintura que necesita ser explicada... para mi de ninguna de las maneras es arte.

He leído recientemente un artículo del escritor Juan Van-Halen, que titula "¿El fin de la cultura?". Muy interesante. Además de lo que en el expone, que después entrare en ello, quiero destacar un párrafo que resulta realmente llamativo. Hace referencia a un comentario que Donald Kuspit hace en su libro El fin del arte, publicado en el año 2004:

""Kuspit recuerda en su libro que al día siguiente de inaugurarse en Nueva York una exposición en la que el artista británico Damien Hirst monto una obra suya consistente en una colección de tazas de café medio llenas, ceniceros con colillas, botellas de cerveza vacías, papeles de periódico por el suelo, envoltorios de caramelos y otros desechos, el encargado de la limpieza de la sala echo aquella obra de arte a la basura y limpio lo que para él no era sino guarrerías de un público asistente poco cuidadoso. La costosa obra desapareció.""

Sobre esta anécdota el autor del artículo acaba preguntándose ¿Espera a la cultura un basurero como el de aquella obra de arte de la exposición neoyorquina?. Pues como el mismo dice, hay síntomas más que inquietantes.

Habría que preguntarse que se entiende por cultura como habría que preguntarse que se define por arte. En ambos casos hay preocupaciones y estudios y reflexiones planteando se la desaparición de ambos. Hay algunas definiciones de cultura que aparecen como preocupantes. Según Eliot "Cultura no es la suma de diversas actividades, sino un estilo de vida" o como dice Vargas Llosa: La posmodernidad ha destruido el mito de que las humanidades humanizan, que viene a enlazar con la afirmación de Kuspit de que "ser posmoderno significa perder todo interés por la inmortalidad" ( citas tomadas del artículo citado)

Probablemente la cultura, lo que se entiende actualmente por cultura, haya sufrido una simplificación y sea el resultado, como ya se ha dicho por algunos estudiosos, de una "democratización". Desde la cultura de los Monasterios a la de la calle, que estudio Mijail Bajin, ambas culturas se han fundido, se han mezclado positivamente, pero es la que ha llegado hasta el momento actual. Y, como defiende el autor en el artículo citado, y que participo, "no debería haber dos culturas, una de calidad, elevada, y otra de masas, sino una cultura comunicada"  capaz de intercambiarse, pero no de confundirlo todo. Lo que pasa que ello conlleva necesariamente a disponer de conocimientos, algo que choca con la realidad actual del mínimo esfuerzo, que en definitiva es la simplificación.
 
La cultura, el arte, permanecerá siempre, eso creo, pero  seguro que no será como actualmente la entendemos, o la entiendo. Parece evidente que la cultura, el arte, se ha depreciado, empobrecido bastante, y camina por "caminos alejados de su medio natural: el de la actividad intelectual". Y entramos en otro tema. La actividad intelectual parece estar hoy día en minorías que no tienen oportunidad de llegar al gran público, apareciendo, en cambio seudosintelectuales en los medios, con la oportunidad de ser oídos por grandes audiencias. Según cita el autor del artículo, Maazel, director de la Filarmónica de Múnich, opinaba en ABC: "la cultura ha sido invadida por ignorantes y ególatras... la cultura vive un mundo de simplificación constante", coincidiendo con el juicio pesimista de Javier Marías, también en ABC "Se ha producido una especie de enorgullecimiento de la ignorancia".

En la pintura parece que en general prevalece el colorido, las manchas de color superpuestas. El dibujo no aparece por ningún sitio. Muestra de la llamada simplificación del arte, del mínimo esfuerzo.

En la juventud parece quedar la cultura reducida a la música actual, repetitiva, cansina, con una fecha de caducidad brutal, a la multimedia, teléfonos de alta gama, tablet con aplicaciones... de juegos y el fútbol, casi no hay mas y lo digo por experiencia cercana. Es mas no saben estar ocupados con algo que no sean maquinas, internet, mensajería, juegos en soporte informático. Lo curioso que estas nuevas tecnologías facilitan enormemente el acceso a todo tipo de información, solo que, al parecer, casi quedan reducidas a comunicaciones cortas, en muchos casos compitiendo a ver quién dice la frase más ocurrente, a las llamadas redes sociales donde se acumulan amigos, fotografías personales, confesiones incomprensibles, incluso medio de promocionarse... claro que la lectura no debe ser solo información. Sin embargo, "un profesor de la Universidad de Florida, -nueva cita del autor del artículo-, afirma sin rubor: Sentarse a leer un libro de cabo a rabo no tiene sentido, ya que puedo tener toda la información que quiera con mayor rapidez a través de la web." El reflejo de ello es la confesión de una profesora se la Universidad de Duque: "Ya no puedo conseguir que mis alumnos lean un libro entero." Al parecer la cultura ha quedado reducida a saber buscar el dato que queremos en el menor tiempo posible en el mundo web; parece que no interesa el conocimiento, solo la información. Es esta la época de mi vida donde se tiene más información de todo pero poquísimo conocimiento de algo y lo peor es que parece que no les importa. Al mundo Internet se le está otorgando el don de la infabilidad y sabemos bien que está llena de errores, de opiniones personales que no demuestran en absoluto su capacidad, de osados... no es un medio fiable ni inocente; la inmensa información que facilita no es garantía de que sea veraz ni positivo siempre.

La cultura está hoy mediatizada, preparada, presentada para un consumo inmediato sublimada por la publicidad y la mercadotecnia. Libros que aparecen, se consumen, y desaparecen sin dejar más rastro. Es una cultura con fecha de caducidad.

 

NOTA: La "obra de arte"  que encabeza este comentario es de una niña que lo hizo cuando aún no tenía cuatro años: ni nieta Marta.

 

 

 

 

 

lunes, 8 de julio de 2013


                                     Y de nuevo llego el verano





Llegan los días del verano, y no puedo evitar recuerdos del niño de pueblo que fui. En verdad todo ha cambiado, pero creo debe ser así en todos los cambios generacionales, aunque quizás la nuestra, nuestra generación, haya sufrido mas cambios de lo que se pueda considerar normal;  desde las costumbres, las creencias, las ideas hasta las tecnologías... o viceversa.  Aunque pueda parecer que en esto de las tecnologías  lo hemos vivido todo, su nacimiento, su evolución, su incorporación a todos los ordenes de la vida y es verdad, en el campo de las costumbres y las creencias... si que ha cambiado la cosa. El Nacional-Catolicismo en el que vivíamos coartaron nuestra libertad y... no se veía bien a quien le diera por pensar. Las ideas políticas de entonces como las ideas religiosas llenaban todo el espacio. Lo peor el sentimiento de culpa que se nos inculcaba por la Iglesia, por los representantes de la Iglesia. La palabra pecado la teníamos hasta en la sopa. Los besos de entonces, en una pareja, chico y chica, eran robados, escondidos... y hoy no solo los besos sino mucho mas se hacen a plena luz del día y no se si hemos salido ganando en ello, ni quien. Andar por el centro, como en todo, sigue siendo una tarea imposible. Pero estaba hablando de la llegada del verano y de mis recuerdos de esa estación, de mis recuerdos de niño de pueblo en tiempos del verano.

 En verdad el verano empezaba para nosotros, los niños, jóvenes del pueblo, mucho antes. A escondida de nuestros padres, más bien de nuestras madres, nos íbamos en grupo, con el bañador puesto,  hacia una especie de cala de unas arenas suaves, finas, casi blancas que servía de refugio a las barcazas que se utilizaban en la pesca del atún, a la espera de la nueva temporada de pesca. Para llegar teníamos que recorrer un buen trecho que hacíamos sobre un muro rematado por unas baldosas de chinos, de unos 60 cm. de anchura que desde uno de sus márgenes podíamos ver y escuchar las aguas de la ría que prácticamente se marchaban al Atlántico, por el otro un inmenso arenal que cubría entonces toda esa zona, y que prácticamente se unía al pueblo, en el que solo destacaban las paredes blancas encaladas del campo de fútbol y una edificación de no muy buena reputación entonces, y unas edificaciones especiales donde se trataban las redes de pesca introduciéndolas en unos depósitos de alquitrán para tratarlas y protegerlas del agua de mar. Por sus bordes, a los que se llegaba por una escalera de material adosada a la edificación, solíamos jugar en la mayor de las ignorancias; no sé qué hubiera sido de habernos caído al depósito de alquitrán, por lo menos yo no estaría escribiendo estos recuerdos. Aún conservo en la memoria la cantidad de " gañafotes" así llamábamos a los saltamontes, que solíamos coger, de todos los tamaños y de todas las especies y que se daban, habitaban, en esas arenas. Había uno, de mayor tamaño, de color verde suave, deseado por todos, muy estilizado, con sus alas pegadas al cuerpo y con unas patas traseras enormes, y que precisamente por ellas podíamos cogerlos. La "caza" requería ciertas habilidades. Una vez detectados, era cuestión de tumbarse en la arena y poco a poco ir acercándonos hasta cogerlos. No siempre se tenía éxito por supuesto, pero si que siempre nos disputábamos  el honor de coger el más grande. Otros, en cambio, eran pequeños, regordetes, de un color más claro y con unas patas traseras podríamos decir que normales. Era  un deleite los atardeceres en esas arenas donde las huellas dejadas al andar resaltaban con las luces del sol poniente.

 La llegada a la pequeña playa iba acompañada de saltos, gritos, y... soltada de pantalones y bañadores; nos quedábamos como nos habían traído al mundo. Algo así como pequeños Robinsones sin taparrabos. La pequeña playa, tenía una pendiente muy considerable y al segundo paso a partir de su orilla ya no se daba pie, había que saber nadar; lo bueno era que no había corrientes por lo que se podía decir que nos bañábamos en una piscina enorme, de agua salada y con una profundidad considerable. Estas características eran las que la hacían idónea para dejar las barcazas y demás enseres de la pesca del atún hasta su nueva temporada de pesca. Allí estábamos entrando y saliendo una y otra vez del agua hasta que cansados nos sentábamos en la arena caliente y sedosa. Nos secábamos al sol y una vez soltada toda la arena nos vestíamos e iniciábamos el regreso a casa.

Por supuesto  nadie contaba donde había estado.

Pero no solo eran estas andanzas como transcurrían los días del verano, que como decía, para nosotros empezaban antes, pero no así para la familia.

 La Punta del Moral, entonces, estaba constituida por una calle, pequeña, solada con losetas de acerado, flanqueada por dos filas de palmeras y por una serie de casas adosadas a cada lado. Era la playa adonde, en familia, solíamos ir cada verano, o por lo menos algunos, porque solo la recuerdo de ir con mi hermano Carlos. Las de la izquierda lo que podríamos definir como casas, conforme se miraba a la playa, al mar, casi todas ellas, no eran muchas desde luego, eran usadas por lo que se decía entonces " las fuerzas vivas del pueblo"; el teniente de la Guardia Civil, el Comandante de Marina, de este no estoy muy seguro, el Director del Puerto, y alguno más. En realidad se trataba de una sola dependencia, de techos tremendamente altos, o, al menos así me lo parecía a mí, y que cada verano, cuando la abríamos, nos encontrábamos con una montaña de arena que durante los temporales de invierno había entrado por la única ventana que daba luz a la estancia y que no tenía protección alguna. En realidad la única utilidad que tenía era la dejar los útiles que usábamos en la playa. Recuerdo como mi madre, tan amante del color, me ponía un bañador ajustado de color verde, yo entonces era un niño rubio, mientras a mi hermano, muy moreno, le ponía el bañador de color azul.

Los inviernos, que los recuerdo crudos, fríos, húmedos, ventosos, tengo grabada la imagen del esfuerzo que tenía que hacer para doblar una esquina, no permitía mucho escarceo, teniendo en cuenta que, además, la asistencia a los deberes escolares, escuela pública primero y academia de Don Gonzalo, más tarde, no dejaban mucho tiempo libre. Por eso los días de vacaciones, veraniegos y largos, eran muy bien aprovechados y, solo aparecíamos por casa a la hora de las comidas, incluida la merienda que, por cierto, era la que se nos daba; entonces no teníamos opción de elegir, y no recuerdo que nos preocupáramos por ello.

Entre las ocupaciones de los días del verano mantengo muy viva la imagen de cuando decidíamos ir a pescar albures, los albures son pescados parecidos a la lisa de estero muy apreciados por la zona próxima a la desembocadura del Guadalquivir, donde suelen darse en abundancia. No era muy apreciado entonces y, aunque parecido a la lubina, nada tenía que ver con la calidad de esta última. O, cuando, con la marea baja, y hundido hasta lo rodilla en el fango, decidíamos ir a coger bocas; la boca es un manjar exquisito, una vez cocido adecuadamente, que obteníamos, se obtiene aun en la actualidad, de una de las bocas de un cangrejo de morfología muy suya que, al menos nosotros, denominábamos "barrilete", quizás precisamente por esa morfología. Había que tener cierta habilidad a la hora de arrancarla del cangrejo ya que un mordisco suyo, a pesar de su tamaño, era muy de tener en cuenta.

Y el cine de verano, como no. Su entrada estaba justo detrás de mi casa a la que se podía acceder saliendo por la puerta falsa, como se le llamaba, pero no acudí ni una sola vez. Desde la azotea de mi casa podíamos disfrutar de las películas que "echaban"; las veíamos perfectamente y las oíamos en función de la dirección del viento. Como era natural no faltaba nunca quienes se apuntaban a la sesión. Se pasaban unos momentos muy agradables y con una temperatura que, a veces, había quien bajaba a casa, a buscar algún refuerzo de abrigo. Y algún que otro listillo que, aprovechando la atención y la noche intentaba deslizar una mano sobre alguna zona femenina a su alcance. Pero no llego, los tiempos eran otros y el tortazo como respuesta estaba casi siempre asegurado, al menos claro que hubiera cierta aceptación mutua, con lo cual, si lo hacía con discreción  con eso que se encontraba.

Y los puestos de chuches, que entonces no se llamaban así y que además eran en gran parte artesanales, aparte las pipas, los " chochos" y alguna cosa más. Las demás las preparaba el mismo que las vendía, la industria de las chucherías no se había desarrollado aun. Así estaban las manzanas cubiertas de caramelo sujetas por un palito, antecedente claro del actual chupa-chups, los paquetillos de algarroba molida, que te dejaba la boca tan seca que tenía que acudir a una de las fuentes de agua a toda pastilla...

Y el paseo, siempre condicionado a los horarios familiares que, a veces, olvidándonos, al recordarlos, teníamos que salir corriendo como Cenicientos, so pena de un castigo que variaba en función del humor de tu padre esa noche. A mí por ejemplo me costó que me encontrara la puerta cerrada y la mano de mi madre por la reja de una de las ventanas dándome dinero para poder quedarme en la Fonda de Doña Rosario, a tres o cuatro casas de la mía, en la misma calle. Eran otros tiempos.

Ni que contar el cansancio con que llegábamos a casa y como después del aseo y de la cena, aún no había tele, al menos generalizada, que tampoco echábamos de menos, es curioso, caíamos en la cama prácticamente dormidos, dispuestos, como no, a una nueva jornada.

Con la perspectiva de los años echo de menos la sencillez de vida, la naturalidad de entonces, el contacto con la naturaleza, que vivíamos intensamente, cogiendo renacuajos, gañafotes, bocas..., pescando albures con unas herramientas confeccionada por nosotros: una caña a la que se ataba un cordel y al que se le añadía un anzuelo, y ya estaba, ni pensar en una mínima caña de pescar de las de hoy pero que tampoco echábamos en falta porque ni nos lo imaginábamos, el valor de la amistad que poníamos por encima de todo, la imaginación que teníamos siempre  como compañera inseparable, y que poníamos en  todo, como en las azules casas entre pinares de playa que creíamos encantadas, las escapadas a rincones del pueblo que creíamos mágicos,  el riachuelo que pasaba por debajo de un viejo y destartalado puente de madera y donde acudíamos a coger cangrejos de roca y camarones o a sitios especiales como las tapias del cementerio... Y todo ello sin plays, ipod, series infantiles, teléfonos móviles, internet, redes sociales,  ni Adidas, ni juegos sofisticados... Solo Imaginación y vida de verdad.

De nuevo llegaron los días del verano pero... son otros tiempos.

 

 

 

 








lunes, 20 de mayo de 2013






                                 Mi amigo el cura del pueblo

 
Murió Don Luis, el cura Don Luis. Me entere bastante tarde y por casualidad, justo al encontrarme con un antiguo conocido del pueblo y hacerme referencia a ello. Lo que pasa es que mientras el lo  comentaba como el hecho normal de la muerte de un párroco que estuvo unos años en su pueblo, para mi tenia, significaba algo mas. Si, porque quizás lo viví mas de cerca… y de pronto me vinieron a la memoria los recuerdos.

Cuando llego al pueblo era un cura joven, alto, bien parecido, al que le asignaron, bueno no se si se dice así, la Iglesia del Carmen, aun por terminar. 

 Por mis años de entonces no conservo recuerdos de como fue recibido el cura Don Luis por la gente del pueblo, pero si recuerdo sus gestos, sus comportamientos que no correspondían con la imagen del cura de la época. Y vestía con sotana, pero a veces daba la impresión, parecía, de que no la llevaba, de tan abierto, sociable, de la manera tan natural con que se mostraba, dentro y fuera de su Iglesia. Lo mismo se le podía ver andando con seguridad, con celeridad, moviendo los faldones de su sotana, que montado en su bicicleta, que llego a convertirse en su seña de identidad,  con la sotana remangada y por tanto con las piernas...con pantalones, al aire, y escandalizaba y sino era así, se convirtió pronto en la comidilla de todo el pueblo, ademas hablaba fino; un cura montando en bicicleta, con la actividad,  la energía y la vitalidad que le daban sus jovenes años, claro… y hablando “fino”. Y así se desplazaba por el pueblo, con la rapidez que le daba su juventud... y su bici. Es un recuerdo que tengo de él nítido, claro, verlo montado en su bicicleta desplazándose por las calles del pueblo, y no despacio precisamente, y el escándalo que esa imagen producía.

La Iglesia del Carmen estaba ubicada,  situada, al final de una  avenida,  con suelo de albero que podía verse desde la fachada del Ayuntamiento, y casi desde el comienzo del paseo, --  el único, el que tantas veces fue lugar de reuniones y encuentros, de besos robados y encuentros furtivos--,  y en la que había pocas edificaciones creo recordar; el cine de Felix" y algo mas, un Bar creo recordar, grande por cierto, que actualmente  es una Cafetería, por la izquierda, y por la derecha una larga tapia, creo que perteneciente a una panadería, a la que mi madre me mandaba a comprar el pan, -la talega le llamábamos-, un pan  que recuerdo riquísimo, y que no se cómo se le denominara hoy,  una calle que la atravesaba, una pequeña plaza y la Iglesia, como decía antes, sin terminar, más bien sin revestir sus fachadas. El resto, salvo el chalet que se hizo el Sr. Alcalde, era zona deshabitada, de arena, y que nos llevaba a una edificación, blanca y azul,  de no muy buena reputación y a un desvencijado puente de madera que salvaba lo que no se cómo denominarlo, porque no era ni río, ni aprendiz de ello por supuesto, pero eso si, tenía unos magníficos cangrejos de roca y una gran cantidad de camarones, que cuando podíamos tratábamos de coger, y que nos permitía pasar, el desvencijado e inseguro puente, a unas hermosas y cálidas  playas de arenas suaves y blancas, de la Punta del Moral ¿o del Caimán?  no lo recuerdo bien.

Por aquel entonces la Iglesia, del Carmen creo, me parecía una Iglesia enorme, casi monumental,  acentuada su apariencia quizás por su soledad en la avenida y que cuando he vuelto, por cierto ya terminada, la he visto muy normal, como muchas Iglesias. Me ocurrió también cuando volví ya mayor a visitar el pueblo de mi madre, Tavira, en Portugal; no había vuelto desde que tendría 10 o 12 años y, me gustaba más la Tavira de mis recuerdos de la niñez, quizás porque en esos recuerdos iban incorporados silencios, asombros, olores, imágenes, espacios amplios, mucha luz,.. un bonito y hermoso templete de música rodeado de agua con peces de colores... la plaza de abastos con sus típicos olores, los pequeños barcos de pescan recorriendo el río, seguramente volviendo de la faena y con prisa por entrar en buena hora de venta... A veces pienso si esos recuerdos infantiles no son más que sueños idealizados de imágenes que se fueron quedando con el paso de los años y que la realidad fuese otra; pero me da igual, prefiero los recuerdos idealizados, aunque puedan ser sueños.

“”Doña Concha, ¿me da permiso para llevarme a su hijo a charlar un ratito?" . Por aquellos años eso de salir a deshoras, 11 de la noche, no era muy normal que digamos y, por supuesto y menos aun, sin el permiso de tus padres. Te podía costar un disgusto, si no cumplías las reglas, como me ocurrió a mí. Claro que como siempre, había padres más o menos tolerantes y a mí me toco el de menos: me habían dicho a las 11 y llegue 10 minutos más tarde. Ni siquiera tenía reloj, --me lo regalaría más tarde mi abuela Maria, --creo recordar, te guiabas por el del Ayuntamiento, que veías desde el lugar donde  nos reuníamos los amigos de entonces, pero, claro,  con la conversación y lo que no era la conversación,  se me paso  echar una ojeadita al reloj ... y me encontré con la puerta de mi casa cerrada... y con la voz de mi madre desde la ventana diciéndome: ""Niño, toma dinero y vete a la pensión de Doña Rosario, tu padre dice que ya no entras."" Es real.

 Mi madre, claro, siempre le  decía que si a Don Luis. no se como convenceria a mi padre, y nos íbamos a pasear por la avenida de su Iglesia, a hablar de cosas de religión y de algo que no se permitía mucho entonces, de la Biblia; al parecer no nos consideraba la Iglesia preparados para ello. En mi caso es que la tenía en casa, bueno teníamos dos una católica y otra protestante. Las cosas de mi madre. Y como dos buenos amigos, paseaba arriba y abajo hablando más de lo divino que de lo humano. Por otro lado no recuerdo donde comenzó mi amistad con el cura Don Luis. Yo tendría entonces 13, 14 o 15 años, no recuerdo bien. Las salidas nocturnas autorizadas se repitieron durante muchas noches; yo las esperaba porque me sentía a gusto hablando de algo que siempre me había interesado, teniendo  en cuenta que la única interlocutora sobre el tema, y otros muchos, era mi madre, segundo porque se trataba de un cura que suponía debía tener más conocimiento sobre lo que hablábamos y por tanto podría aprender cosas, y luego porque, en el fondo, me sentía muy ufano por estar a unas horas prohibidas para mi, reservadas a personas mayores.     

No recuerdo cuanto tiempo duraron aquellos encuentros que me sirvieron para poder discutir  de lo que hasta ese momento solo había sido posible en casa y con mi madre y por supuesto para ver un poco mas de aquellos temas aunque no por ello los entendiese mas, como sigo ahora. Supongo que hasta la fecha en que mi padre tuvo que dejar el pueblo y, con él, la familia.

No volví a ver a Don Luis hasta muchos años mas tarde en una celebración de una boda, a la que él había ido no como cura, sino con su mujer; había dejado la sotana, se había divorciado de Dios, y se había vuelto a casar... con una mujer. Cuando me acerque a saludarlo no me reconoció. Me pareció lógico, es mucho cambio físico el que tenemos desde los 14 o 15 años a los 50 que ya tenía. No volví a verlo ni supe mas de él pero quedo para siempre esas charlas nocturnas, robadas a "mi padre", pero autorizadas por mi madre.

Conociéndole entendí  perfectamente su divorcio.

domingo, 19 de mayo de 2013






    La taquicardia de mi Cuco y el Jueves.

 





No se porque pero creo que mi cuco tiene taquicardia. Que tenia que llevarlo al otorrino lo tenia claro, aunque, aun así, todavía no lo he llevado y ahí anda con una ronquera que da pena oírlo, pero lo de la taquicardia…. y lo he sabido por casualidad, lo de la taquicardia; ya sabemos que médicos de cuco de cabecera quedan pocos. Fue en uno de esos momentos en que le subo sus piñas para que pueda ir tirando del tiempo, y que también aprovecho para verlo mover su pendulillo jacarandoso, cuando percibí como un conato de paro: un casi imperceptible principio de paro pendular, pero que quedaba en eso en conato; después  seguía tan alegre como siempre. La edad no perdona y soy consciente de ello. Por eso cuando le llega el momento de mover sus cadenillas para subir las pesas lo hago siempre con un cuidado y una delicadeza extrema, y es que está ya muy sensible, quizás, creo yo, delicadito; si no son las pesas al subirlas es el imperceptible desplazamiento, involuntario por mi parte,  de su posición... Por lo demás está muy bien, sigue con su puntualidad y marcando las horas cuando corresponde. Y fuera parte de esos detallitos, tan alegre como siempre, alegría que me transmite. A veces pienso como algo tan pequeño, tan humildito, tan poca cosa, aporta tanta vida ... a un frío rincón de una sala. Pero es que es así. A ver si en unos días lo llevo a que le curen la ronquera, porque lo de la taquicardia para mí que más vale dejarlo así.

Este jueves pasado me llegue a la calle Feria, la calle que, precisamente ese día de la semana, se convierte en un simulacro de mercado, en un mercadillo ordenadamente desordenado, en el que se vende, y casi puedes encontrar, de todo. Me gusta pasearlo, con bastante dificultad por cierto, de vez en cuando. Si algo llama la atención es la variedad en las ofertas, tanto en lo que se vende como en los que venden. Es un mundo variopinto, temporal, de un día, mejor de unas horas, que se monta, se crea  y se exponen cosas, trastos, restos, deshechos... un mundo de juguete, infantil, en el que en un trozo de tela, una plancha de madera, la misma acera,  sirve, como un juego infantil, como mis nietas en la playa vendiendo conchenas pintadas y las de patatas fritas, para  montar un mercadillo propio. Un mercadillo de cosas que de nuevo toman valor cuando hacia tiempo habían sido desahuciadas; un vaso, un marco, una vieja guitarra, una plancha vieja y llena de herrumbre, restos de colecciones... de lo que sea... de pesas, de libros, de...  unos zapatos, que casi te obligan a pensar por donde habrán andado, quien los habrá usado, como han llegado allí y si los comprara alguien. Cuadros de vírgenes, de toreros... marcos antiguos a juego con sus laminas, azulejos, objetos de cristal, Niños Jesús... radios antiguas, que tanto me gustan, muñecas rotas con sus miradas inexpresivas, candelabros.. y la gente, la gente que, se para, regatea, encuentra aquel tornillo que le faltaba a su viejo y obsoleto aparato, que mira, que comenta, que se asombra, que le trae recuerdos en algo que ve. Demasiadas cosas sin valor aparente y que uno se pregunta a quien le puede interesar. Da que pensar como cosas que han sido dadas por inservibles, obsoletas, encuentran sitio preferente en el puestecillo montado. Y ropa y juguetes., juguetes de madera... Pero a mi me gusta ir a una pequeña plaza en la que se agrupan puestos de "antigüedades", me parece una zona interesante, y quizás mas seria. Iba buscando un marco dorado viejo, de pequeño tamaño y un llamador, un llamador de puerta, de esos que suelen venir representados por una mano, generalmente femenina, que coge una bola, que es la que golpea cuando se llama. Los marcos no eran del tamaño que quería y el llamador, que lo encontré, estaba muy deteriorado, así que me puse a mirar y, al rato, me encontré delante de un puesto que, entre otras cosas interesantes, vendía campanas. Las había de distintos tamaños y de distinto material. "Es una reproducción; pero esta muy bien hecha." Le decía un señor mayor al que estaba al frente del puesto. "Aquella es tipo barco" y es original; suena muy bien". Yo le escuchaba muy atento, siempre me han interesado el mundo de las campanas. "¿Sabe usted de campanas?" le pregunte. Si, tengo una buena colección de ellas pero es que ademas yo he sido el ultimo "campanero" de las campanas de la Giralda. Desde que me jubile no se ha contratado a nadie." No hice ningún comentario, pero pensé que también es casualidad encontrarme con el que fue la ultima persona que cuidaba de las campanas de la Giralda.

Desde luego puedo asegurar que en "el jueves", con un poco de suerte puedes encontrar de todo, incluso "el ultimo campanero de la Giralda".