El viejo marinero.
Es un verdadero disfrute, para mi, visitar lugares de costa-playa, en épocas donde el verano aun no ha llegado y puedo disfrutar de su colorido y su silencio, de sus vistas, de sus olores y de su sol mas suave, mas cálido, que invita al paseo por cualquiera de las orillas de cualquiera de esas playas y, como siempre, acompañado de mi inseparable compañera: mi querida maquina de fotos… La Antilla, Islaantilla, Redondela, Isla Canela, …cualquiera de ellas me dejan recuerdos inolvidables y me aportan espacios de serenidad y silencio.
A pesar de la proximidad de todas ellas cada una aporta sensaciones distintas pero en todas, también, hay un elemento común: son zonas pesqueras y se acompañan de embarcaciones de pesca y nacidas a su amparo establecimientos donde casi exclusivamente, y muy preparado por cierto, se sirven los pescados y mariscos, de los que suelo disfrutar porque ¨no solo de pan vive el hombre¨¨.
Pasear por la orilla de cualquiera de ellas, en época de sol apagado, es un lujo no solo para los sentidos sino también para el alma; la brisa, el rum-rum de las olas en su ir y venir a la orilla, la agradable temperatura, los azules y verdes de la mar inmensa que te acompañan…te deja el espíritu quieto y sereno durante un buen rato.
Para mi la gastronomía basada en productos de la mar es un placer de los pocos que me van quedando y en todos estos rincones se disfruta de ella con tranquilidad, sin bulla, saboreando.
En una de esas escapadas que suelo hacer cuando el tiempo es propicio, me fui a La Antilla; quería ver de cerca el ¨¨pueblo pesquero¨¨ que, según me contaron, es el que dio origen al pequeño pueblo playero. No me costo mucho encontrarlo. En realidad se compone de una fila de casas unifamiliares adosadas de cara al mar, y a la altura de cada una de ellas los ¨avios¨ de la pesca y ¨tractores¨, detalle este que me llamo la atención pero que después me informaron de que se utilizaban para sacar las barcas de la mar y dejarlas varadas para su resguardo. Tambien me hablaron de un chiringuito donde preparan el pescado de maravilla pero estaba cerrado. Se trataba de una construcción de madera y cristal que se adentraba en la orilla; se debe disfrutar de unas buenas vistas desde el sitio. Así que me fui al restaurante de siempre, como no, frente al mar en calma, y al que acuden turistas por manadas, todos rojos como salmonetes, en su afán por coger el sol que no disponen en su tierra.
Después de un pequeño cafe salí a disfrutar del paseo marítimo que discurría paralelo a la playa y a la mar disfrutando de un sol calido y una agradable brisa. después de un pequeño trayecto opte por sentarme en uno de los bancos de piedra cara al mar y a la playa, ocupando espacio con quien me pareció un ¨viejo Rainero, con su gorrilla dando sombra a sus ojos y un cigarrillo liado, casi agotado, entre sus labios. Tenia la piel curtida de sol, mar y sal; se percibía claramente que había sido un hombre de la mar. Tenia su mirada fija en esa mar suya compañera de tantos años, probablemente de añoranzas. Siempre me intereso acercarme a estos personaje y saber de su historia. Guardo muy agradables recuerdos, de cuando el tiempo me hacia con menos años, de una serie de ellos de los que aprendi de la vida mucho mas casi que de los libros, así que opte por hablar con él y arranque con el tema que en aquellos momentos era de actualidad en mucha parte de esa costa; los destrozos que la ma estaba causando en edificaciones casi a pie de playa.
.-Es tremendo, dije como para mi mismo. La mar se esta llevando todo.
No me miro pero me hablo muy pausado y dijo:
.- Mire usted, cuando yo era chico el mar llegaba hasta casi donde estamos ahora. El mar no ha hecho nada, ha recuperado lo suyo, ha vuelto a su ser.
No dijo mas. Seguia mirando fijo al mar, con su gorrilla dando sombra a sus viejos ojos y con su cigarillo, ya minúsculo, incomprensiblemente sostenido por unos labios tan viejos como sus ojos.
No hice comentario y opte por mirar fijo también a ese maravilloso y sereno mar en el que hubo un tiempo que estuvo y de nuevo ha vuelto.
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