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lunes, 20 de mayo de 2013






                                 Mi amigo el cura del pueblo

 
Murió Don Luis, el cura Don Luis. Me entere bastante tarde y por casualidad, justo al encontrarme con un antiguo conocido del pueblo y hacerme referencia a ello. Lo que pasa es que mientras el lo  comentaba como el hecho normal de la muerte de un párroco que estuvo unos años en su pueblo, para mi tenia, significaba algo mas. Si, porque quizás lo viví mas de cerca y de pronto me vinieron a la memoria los recuerdos.

Cuando llego al pueblo era un cura joven, alto, bien parecido, al que le asignaron, bueno no se si se dice así, la Iglesia del Carmen, aun por terminar. 

 Por mis años de entonces no conservo recuerdos de como fue recibido el cura Don Luis por la gente del pueblo, pero si recuerdo sus gestos, sus comportamientos que no correspondían con la imagen del cura de la época. Y vestía con sotana, pero a veces daba la impresión, parecía, de que no la llevaba, de tan abierto, sociable, de la manera tan natural con que se mostraba, dentro y fuera de su Iglesia. Lo mismo se le podía ver andando con seguridad, con celeridad, moviendo los faldones de su sotana, que montado en su bicicleta, que llego a convertirse en su seña de identidad,  con la sotana remangada y por tanto con las piernas...con pantalones, al aire, y escandalizaba y sino era así, se convirtió pronto en la comidilla de todo el pueblo, ademas hablaba fino; un cura montando en bicicleta, con la actividad,  la energía y la vitalidad que le daban sus jovenes años, claro y hablando fino. Y así se desplazaba por el pueblo, con la rapidez que le daba su juventud... y su bici. Es un recuerdo que tengo de él nítido, claro, verlo montado en su bicicleta desplazándose por las calles del pueblo, y no despacio precisamente, y el escándalo que esa imagen producía.

La Iglesia del Carmen estaba ubicada,  situada, al final de una  avenida,  con suelo de albero que podía verse desde la fachada del Ayuntamiento, y casi desde el comienzo del paseo, --  el único, el que tantas veces fue lugar de reuniones y encuentros, de besos robados y encuentros furtivos--,  y en la que había pocas edificaciones creo recordar; el cine de Felix" y algo mas, un Bar creo recordar, grande por cierto, que actualmente  es una Cafetería, por la izquierda, y por la derecha una larga tapia, creo que perteneciente a una panadería, a la que mi madre me mandaba a comprar el pan, -la talega le llamábamos-, un pan  que recuerdo riquísimo, y que no se cómo se le denominara hoy,  una calle que la atravesaba, una pequeña plaza y la Iglesia, como decía antes, sin terminar, más bien sin revestir sus fachadas. El resto, salvo el chalet que se hizo el Sr. Alcalde, era zona deshabitada, de arena, y que nos llevaba a una edificación, blanca y azul,  de no muy buena reputación y a un desvencijado puente de madera que salvaba lo que no se cómo denominarlo, porque no era ni río, ni aprendiz de ello por supuesto, pero eso si, tenía unos magníficos cangrejos de roca y una gran cantidad de camarones, que cuando podíamos tratábamos de coger, y que nos permitía pasar, el desvencijado e inseguro puente, a unas hermosas y cálidas  playas de arenas suaves y blancas, de la Punta del Moral ¿o del Caimán?  no lo recuerdo bien.

Por aquel entonces la Iglesia, del Carmen creo, me parecía una Iglesia enorme, casi monumental,  acentuada su apariencia quizás por su soledad en la avenida y que cuando he vuelto, por cierto ya terminada, la he visto muy normal, como muchas Iglesias. Me ocurrió también cuando volví ya mayor a visitar el pueblo de mi madre, Tavira, en Portugal; no había vuelto desde que tendría 10 o 12 años y, me gustaba más la Tavira de mis recuerdos de la niñez, quizás porque en esos recuerdos iban incorporados silencios, asombros, olores, imágenes, espacios amplios, mucha luz,.. un bonito y hermoso templete de música rodeado de agua con peces de colores... la plaza de abastos con sus típicos olores, los pequeños barcos de pescan recorriendo el río, seguramente volviendo de la faena y con prisa por entrar en buena hora de venta... A veces pienso si esos recuerdos infantiles no son más que sueños idealizados de imágenes que se fueron quedando con el paso de los años y que la realidad fuese otra; pero me da igual, prefiero los recuerdos idealizados, aunque puedan ser sueños.

“”Doña Concha, ¿me da permiso para llevarme a su hijo a charlar un ratito?" . Por aquellos años eso de salir a deshoras, 11 de la noche, no era muy normal que digamos y, por supuesto y menos aun, sin el permiso de tus padres. Te podía costar un disgusto, si no cumplías las reglas, como me ocurrió a mí. Claro que como siempre, había padres más o menos tolerantes y a mí me toco el de menos: me habían dicho a las 11 y llegue 10 minutos más tarde. Ni siquiera tenía reloj, --me lo regalaría más tarde mi abuela Maria, --creo recordar, te guiabas por el del Ayuntamiento, que veías desde el lugar donde  nos reuníamos los amigos de entonces, pero, claro,  con la conversación y lo que no era la conversación,  se me paso  echar una ojeadita al reloj ... y me encontré con la puerta de mi casa cerrada... y con la voz de mi madre desde la ventana diciéndome: ""Niño, toma dinero y vete a la pensión de Doña Rosario, tu padre dice que ya no entras."" Es real.

 Mi madre, claro, siempre le  decía que si a Don Luis. no se como convenceria a mi padre, y nos íbamos a pasear por la avenida de su Iglesia, a hablar de cosas de religión y de algo que no se permitía mucho entonces, de la Biblia; al parecer no nos consideraba la Iglesia preparados para ello. En mi caso es que la tenía en casa, bueno teníamos dos una católica y otra protestante. Las cosas de mi madre. Y como dos buenos amigos, paseaba arriba y abajo hablando más de lo divino que de lo humano. Por otro lado no recuerdo donde comenzó mi amistad con el cura Don Luis. Yo tendría entonces 13, 14 o 15 años, no recuerdo bien. Las salidas nocturnas autorizadas se repitieron durante muchas noches; yo las esperaba porque me sentía a gusto hablando de algo que siempre me había interesado, teniendo  en cuenta que la única interlocutora sobre el tema, y otros muchos, era mi madre, segundo porque se trataba de un cura que suponía debía tener más conocimiento sobre lo que hablábamos y por tanto podría aprender cosas, y luego porque, en el fondo, me sentía muy ufano por estar a unas horas prohibidas para mi, reservadas a personas mayores.     

No recuerdo cuanto tiempo duraron aquellos encuentros que me sirvieron para poder discutir  de lo que hasta ese momento solo había sido posible en casa y con mi madre y por supuesto para ver un poco mas de aquellos temas aunque no por ello los entendiese mas, como sigo ahora. Supongo que hasta la fecha en que mi padre tuvo que dejar el pueblo y, con él, la familia.

No volví a ver a Don Luis hasta muchos años mas tarde en una celebración de una boda, a la que él había ido no como cura, sino con su mujer; había dejado la sotana, se había divorciado de Dios, y se había vuelto a casar... con una mujer. Cuando me acerque a saludarlo no me reconoció. Me pareció lógico, es mucho cambio físico el que tenemos desde los 14 o 15 años a los 50 que ya tenía. No volví a verlo ni supe mas de él pero quedo para siempre esas charlas nocturnas, robadas a "mi padre", pero autorizadas por mi madre.

Conociéndole entendí  perfectamente su divorcio.

1 comentario:

Anónimo dijo...










Muy bonito, diría mas, entrañable. Para añadir a tu libro de memorias, que seguro estarás escribiendo pues materia tienes y gusto no te falta. La historia, conocida en líneas generales, por las veces contada. El desenlace, lo ignoraba, divorciado de Dios y supongo, casado por la Iglesia. Me a gustado su carácter intimista, en definitiva ENTRAÑABLE.